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La UE, entre el auge ultra y la crisis de la izquierda
UN sondeo elaborado por Eurostat poco después del 11-S reveló que las prioridades de los ciudadanos de la UE habían dado un vuelco con respecto a consultas anteriores. Para el 91 por ciento, su mayor preocupación es preservar la seguridad, y sólo el 30 por ciento mostró su interés por la histórica ampliación y el desafío de acoger a la docena de países nuevos. Estas inquietudes han sido recogidas de forma oportunista y demagógica por la ultraderecha, que conforma sus programas populistas ofreciendo seguridad frente a inmigración, trufados además de mensajes antieuropeístas que arremeten de forma simplista contra las impopulares medidas que los Gobiernos deberán poner en marcha para culminar las necesarias reformas estructurales pendientes.
El auge de la extrema derecha se explicaría en parte por el temor que originó el 11-S y la incertidumbre que provoca el hecho de que millones de ciudadanos del Este -más pobres- puedan circular libremente por la UE a partir de 2007. La pujanza de las fuerzas xenófobas y antieuropeístas no es un fenómeno exclusivo de Francia, sino de un buen número de países, donde precisamente los partidos de izquierda han entrado en crisis o están cerca de ser desalojados del Gobierno. La irrupción del ultrismo de Le Pen estuvo precedido de ejemplos similares -caídas de Gobiernos socialistas- en Austria, donde en 1999 el partido de Haider entró en el Ejecutivo con el 27 por ciento de los votos; Italia (2001), donde Bossi se confirma como una alternativa en el norte del país; Bélgica, donde la ultraderecha independentista flamenca fue el partido más votado (33 por ciento) en las municipales de 2000; en Dinamarca, tercera fuerza más votada en las generales de 2001 con el 12 por ciento; y Holanda, que celebra generales en mayo con un partido de este pelaje en pleno crecimiento. La UE tiene en la actualidad ocho primeros ministros socialistas frente a siete de centro derecha, pero la tendencia seguida por Austria, Italia, Dinamarca o Portugal puede confirmarse en las legislativas de Holanda, Francia (junio) y Alemania (septiembre). De producirse el relevo, la mayoría de los líderes de los Quince serán de centro derecha, y tendrán ante sí no sólo el reto de gestionar el poder en sus propios países y administrar la ampliación de la UE, sino la inesperada misión de contener el empuje ultraderechista, para lo que deben contar con el comprometido apoyo de una izquierda abocada a reconstruirse y renovar sus mensajes.
La crisis de la izquierda clásica europea ha propiciado el auge extremista, que no está muy lejos de conquistar o compartir el poder en varios países, con el peligroso estancamiento o desmoronamiento del proyecto europeo. Los mensajes soberanistas de los ultras ponen en entredicho al euro frente a las viejas monedas nacionales y rechazan la ampliación de los «tecnócratas» de Bruselas, fáciles soflamas que calan en sectores de una opinión pública que ve con desconfianza todo lo que viene «de fuera». Sólo Blair, con sus convicciones liberales y su europeísmo pragmático, se ha convertido en el único líder socialdemócrata a salvo de la quema. Los partidos tradicionales, de izquierda y derecha, debería, pues, centrarse en tres asuntos preferentes: la amenaza populista, que explota la inmigración como arma electoral; el equilibrio a la hora de afrontar las reformas pendientes, para que no causen quebrantos en una sociedad acostumbrada al plácido Estado del Bienestar, y explicar a fondo a los ciudadanos la magnitud real de un proyecto europeo todavía incomprendido por la mayoría.
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Sexo, escándalo y la Iglesia católica
Por JUAN GARCÍA PÉREZ, S.J, profesor de la Universidad Pontificia Comillas
EL título resulta provocador. Lo hemos elegido no para acarrear más leña al fuego sino para abordar directamente los repetidos casos de abuso sexual cometidos por sacerdotes. El Papa ha tomado .. SIGUE [+]
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La UE, entre el auge ultra y la crisis de la izquierda
UN sondeo elaborado por Eurostat poco después del 11-S reveló que las prioridades de los ciudadanos de la UE habían dado un vuelco con respecto a consultas anteriores. Para el 91 por ciento, su mayor preocupación es preservar la seguridad, y sólo el 30 por ciento mostró su interés por la histórica ampliación y el desafío de acoger a la docena de países nuevos. Estas inquietudes han sido recogidas de forma oportunista y demagógica por la ultraderecha, que conforma sus programas populistas ofreciendo seguridad frente a inmigración, trufados además de mensajes antieuropeístas que arremeten de forma simplista contra las impopulares medidas que los Gobiernos deberán poner en marcha para culminar las necesarias reformas estructurales pendientes.
El auge de la extrema derecha se explicaría en parte por el temor que originó el 11-S y la incertidumbre que provoca el hecho de que millones de ciudadanos del Este -más pobres- puedan circular libremente por la UE a partir de 2007. La pujanza de las fuerzas xenófobas y antieuropeístas no es un fenómeno exclusivo de Francia, sino de un buen número de países, donde precisamente los partidos de izquierda han entrado en crisis o están cerca de ser desalojados del Gobierno. La irrupción del ultrismo de Le Pen estuvo precedido de ejemplos similares -caídas de Gobiernos socialistas- en Austria, donde en 1999 el partido de Haider entró en el Ejecutivo con el 27 por ciento de los votos; Italia (2001), donde Bossi se confirma como una alternativa en el norte del país; Bélgica, donde la ultraderecha independentista flamenca fue el partido más votado (33 por ciento) en las municipales de 2000; en Dinamarca, tercera fuerza más votada en las generales de 2001 con el 12 por ciento; y Holanda, que celebra generales en mayo con un partido de este pelaje en pleno crecimiento. La UE tiene en la actualidad ocho primeros ministros socialistas frente a siete de centro derecha, pero la tendencia seguida por Austria, Italia, Dinamarca o Portugal puede confirmarse en las legislativas de Holanda, Francia (junio) y Alemania (septiembre). De producirse el relevo, la mayoría de los líderes de los Quince serán de centro derecha, y tendrán ante sí no sólo el reto de gestionar el poder en sus propios países y administrar la ampliación de la UE, sino la inesperada misión de contener el empuje ultraderechista, para lo que deben contar con el comprometido apoyo de una izquierda abocada a reconstruirse y renovar sus mensajes.
La crisis de la izquierda clásica europea ha propiciado el auge extremista, que no está muy lejos de conquistar o compartir el poder en varios países, con el peligroso estancamiento o desmoronamiento del proyecto europeo. Los mensajes soberanistas de los ultras ponen en entredicho al euro frente a las viejas monedas nacionales y rechazan la ampliación de los «tecnócratas» de Bruselas, fáciles soflamas que calan en sectores de una opinión pública que ve con desconfianza todo lo que viene «de fuera». Sólo Blair, con sus convicciones liberales y su europeísmo pragmático, se ha convertido en el único líder socialdemócrata a salvo de la quema. Los partidos tradicionales, de izquierda y derecha, debería, pues, centrarse en tres asuntos preferentes: la amenaza populista, que explota la inmigración como arma electoral; el equilibrio a la hora de afrontar las reformas pendientes, para que no causen quebrantos en una sociedad acostumbrada al plácido Estado del Bienestar, y explicar a fondo a los ciudadanos la magnitud real de un proyecto europeo todavía incomprendido por la mayoría.
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