Domingo, 12 del mediodía, día de la Comunitat Valenciana. Plaza del Ayuntamiento. Un sol espléndido. Buena entrada, aunque sin apreturas. La Real Senyera está a punto de bajar desde el balcón del Ayuntamiento.
En la calle, esperando, gente de todo tipo, señores y señoras mayores en cantidad, pero también algunas familias con niños pequeños. No se ve gente joven, más allá de los clásicos grupúsculos ideologizados perfectamente definibles. Por un lado están los ultras de España 2000, un centenar aproximadamente, que dicen que Valencia es España, lo cual, dicho sea de paso, es bastante obvio y muy pocos discuten. Luego están los del GAV, otro centenar siendo generoso, que se dedican a pitar a las autoridades. Lo de todos los años, vaya. Y por último están los que llevan una gran Senyera pero dicen que Valencia no es España (estos son los pocos que discuten que Valencia es España), y que cuando se canta el himno en el Parterre sustituyen lo de regió por nació. Son aún menos, unos 50, pero al llevar una bandera gigantesca parecen más. Y luego está la inmensa mayoría, gente que ha ido a ver la procesión cívica y que aplaude el paso de la comitiva, que se comporta con normalidad y que vive el hecho valenciano con la misma normalidad, sin estridencias, sin gritos, sin gestos agresivos, sin insultos, sin rencor ni odio, en paz. También hay unos cuantos extranjeros que no entienden nada y que se sobresaltan cuando los masclets sustituyen a las salvas de ordenanza, que mira que somos brutos para estas cosas, dos señoras que discuten sobre si las normas del Puig son las que hay que aplicar o no pero que curiosamente lo hacen en castellano y un largo etcétera de personajes curiosos y variopintos que conforman ese peculiar cocido valenciano en el que cabe de todo.
Así transcurre la mañana del 9 d'Octubre de la austeridad y de la crisis y en mi camino entre la plaza del Ayuntamiento y el Parterre, acompañado de mi hijo Pablo, me pregunto si además de celebrar la victoria del rey don Jaime y su entrada en Valencia no deberíamos aprovechar para reflexionar sobre qué queremos ser los valencianos en esta España que se cuestiona su insostenible modelo autonómico. Pero tal vez, me respondo, la respuesta está en la primera parte de este artículo, es decir, queremos seguir siendo plurales, respetuosos la inmensa mayoría con la legalidad vigente, con la Constitución y el Estatuto, con las instituciones e, incluso, con esos grupúsculos que forman ya parte del paisaje mitad serio mitad cómico del 9 d'Octubre. En conjunto no sumaban más de 300 personas y cuando llega la hora de las votaciones se ve su fuerza real, pero ahí estaban, inasequibles al desaliento, un año más. Al fin y al cabo, me digo, aquí celebramos una victoria, mientras a los nacionalistas siempre les da por recordar las derrotas. Eso también nos hace diferentes.
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