La Nueva Extrema Derecha de Holanda y Finlandia ha vuelto a ser la protagonista del último Consejo Europeo vetando la entrada de Rumania y Bulgaria en el espacio Schengen, apelando a argumentos xenófobos, racistas y eurófobos, propios de estas formaciones.
El ministro ultraderechista holandés Geert Wilders reivindicó la necesidad de más seguridad en la Unión Europea porque «la gente tendría miedo a la actividad criminal, el tráfico de mujeres jóvenes, armas y drogas que supondría la entrada de estos dos países». ¿Significa esto que si los casi 28 millones de rumanos y búlgaros circularan libremente por Schengen, se multiplicaría directamente el tráfico de mujeres o armas? ¿Es que estos ciudadanos sólo se dedican exclusivamente a este tipo de trabajos? Entonces, ¿en el resto de los 25 países que actualmente componen Schengen no se comercia ilegalmente con personas y drogas?
La realidad es que la Nueva Extrema Derecha ha irrumpido en los parlamentos nacionales con tal fuerza —un 16% en Holanda y un 19% en Finlandia— que sus políticas ya están condicionando al resto de la Unión. Esta vez los hemos escuchado en la Comisión Europea, pero ese mismo día, en el Parlamento Europeo, el ultraderechista francés Jean Marie le Pen y su hija fueros abucheados al vincular la inmigración con la delincuencia al rechazar la entrada de rumanos y búlgaros en el espacio que desde 1985 garantiza la libre circulación de 400 millones de ciudadanos del Viejo Continente. Hace unos meses, Nicolas Sarkozy y Silvio Berlusconi llegaron a plantearse la salida de esta zona tras la crisis de los refugiados libios en Lampedusa, en la que el concepto refugiado desapareció para convertirse directamente en inmigrante. Como consecuencia, la Comisión Europea acordará facilitar el cierre de fronteras en casos especiales. El peligro de esta decisión es que la UE tendrá que pagar un precio muy alto: olvidarse de un principio básico, el de la libre circulación y destruir la sensación de pertenecer a un territorio y a un proyecto único. Una medida que sería el comienzo del fin para la propia Unión.
Es cierto que los discursos del odio están triunfando actualmente en las urnas de toda Europa, incluyendo España con partidos como Plataforma per Catalunya o España 2000 en Valencia, anti-inmigrantes, islamófobos y euroescépticos. Sus argumentos populistas calan rápidamente en una población sumida en una profunda crisis económica, como sucedió en los años 30 con el nazismo. En tiempos de campaña electoral, implementan el miedo como mercancía política para resultar atractivos hacia el ciudadano medio y apelando a su voto con la excusa de ser los salvadores de la crisis. Sin embargo, una vez alcanzan el poder, son incapaces de gobernar, como ha sucedido en Dinamarca, donde la ultraderecha que alcanzó un gran éxito, ha pagado el castigo recibiendo la mitad de votos. El Partido Popular Danés volvió a centrar su programa en el miedo al Islam y a la inmigración, pero continuó sin ofrecer respuesta alguna al resto de problemas del país, como la crisis y el aumento del paro. Los daneses han entendido que hacerle frente a la situación requiere políticas más complejas que las del odio racial y el aislamiento con las leyes de inmigración más restrictivas de toda Europa.
Ponerle freno al auge de estas ideas representa un gran paso para nuestra salud democrática. Esperemos que aún estemos a tiempo en España, donde el 20N tenemos la oportunidad de salvar al paciente.
? Investigadora en Derechos Humanos e Inmigración. Universitat de València.
www.levante-emv.com
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