EN cuanto se enteró de que dos ex presos etarras iban a dar una conferencia en Castellón, no supo cómo reaccionar. Por una parte, pensó que lo mejor sería pasar de todo, ignorar ese vergonzoso acto, dejar que fueran los cuatro «perroflautas» asiduos a todo acto que pudiera ser calificado de anti-sistema y respetar lo que, al fin y al cabo, era la libertad de expresión, por mucho que le repugnaran las ideas expresadas por medio de esa libertad.
Por otra parte, no quería quedarse cruzado de brazos y dejar que unos descerebrados hicieran apología del terrorismo en una ciudad tan lejana al País Vasco, lugar habitual de sus vómitos ideológicos. Pensó en manifestarse a la puerta del lugar de la conferencia, proclamar su rechazo al terrorismo, a la violencia, a la barbarie. Sin embargo, eso era precisamente lo que hacían los independentistas vascos y catalanes cada vez que asomaba el morro por alguna universidad de su comunidad un conferenciante que no pensara como ellos. Era una forma de fascismo. Impedir que otros pudieran expresar sus ideas, si es que se podía calificar de idea matar a otro por la independencia de un territorio.
Lo curioso del tema era que la conferencia de los etarras (condenados por colaborar con el comando Barcelona) versaba sobre la libertad de expresión. Precisamente, esos ex presos habían colaborado en el asesinato del ex ministro socialista Ernest Lluch, de un guardia urbano de Barcelona y de dos concejales del PP, a quienes habían arrebatado su libertad de expresión con un par de tiros en la nuca. Que un etarra hablara de libertad de expresión era como si un violador lo hiciera de libertad sexual, un sinsentido y una aberración. Para acabar de arreglar el tema, los etarras iban a acabar el acto con «un brindis por los presos políticos». Pensó que quizás fueran los de Cuba pero, lamentablemente, se referían a otros etarras que estaban en el mejor de los lugares para ellos, la cárcel.
Finalmente, optó por quedarse en su casa y acertó. Pudo comprobar en los medios de comunicación que tan sólo un grupo de representantes del grupo ultraderechista «España 2000» se manifestaron a las puertas del lugar de la conferencia. Radicales contra radicales. Fascistas de un extremo contra los de otro. Partidarios ambos del ojo por ojo que, como decía Luther King, nos dejaba tuertos a todos.
Pensó que quizás se había precipitado. Los organizadores de la charla se habían pasado la libertad de información por el arco del triunfo y habían impedido que los periodistas accedieran al recinto, por lo que existía la posibilidad de que los etarras hubieran pedido perdón, hubieran reconocido que se habían equivocado, que la violencia no llevaba a ningún lado, que ninguna independencia justificaba un asesinato, que su fanatismo había destrozado familias enteras, que tan sólo habían causado daño y dolor, pero se equivocó. Lo que le extrañó es que en Castellón, una ciudad tranquila, hubiera gente interesada en escuchar a los colaboradores del asesinato de inocentes, lo que le llevó a la conclusión de que en todos los lugares hay sabandijas.
www.abc.es
Para crear un link a este articulo en su sitio web, copia y pega el texto en su pagina.
Powered by Vitualis.es © 2008
